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REFLEXIONES ESPECIALES

Más allá de la superficie: Cómo cavar profundo en la Escritura y no solo leerla

«¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación».Salmo 119:97 · RVR1960

Lectura profundaFormación bíblicaCristo en las Escrituras
Biblia abierta junto a tierra fértil y raíces profundas
Una lectura para echar raíces
Reflexión pastoral · Lectura estimada: 12 minutos

Hay una gran diferencia entre pasar los ojos por las páginas de la Biblia y permitir que la Biblia pase por lo más profundo de nuestro corazón. Una cosa es leer la Palabra de Dios y otra muy distinta es encontrarse con el Dios de la Palabra.

Usted puede leer diez capítulos en una mañana y cerrar su Biblia sin que una sola verdad haya penetrado en su alma. Puede subrayar versículos, memorizar promesas, escuchar sermones y hasta explicar doctrinas correctamente, pero continuar albergando resentimiento, alimentando el orgullo y viviendo con una fe superficial. Porque la profundidad espiritual no se mide por cuánto de la Biblia hemos recorrido, sino por cuánto de la Biblia ha penetrado en nosotros.

Piense en un hombre que camina por la orilla del mar. Puede contemplar las olas, escuchar su estruendo y maravillarse ante la inmensidad del océano. Pero hay un mundo entero debajo de la superficie que jamás descubrirá mientras permanezca en la playa. Así sucede con las Escrituras. Hay riquezas que usted nunca encontrará si se conforma con rozar sus páginas sin detenerse a escuchar la voz de Dios.

¡Oh, cuánto tesoro permanece oculto para el lector apresurado! ¡Cuánta luz espera al corazón dispuesto a detenerse! ¡Cuánta sabiduría celestial aguarda a quien no solamente quiere terminar su lectura, sino ser transformado por ella!

Dios no nos entregó su Palabra simplemente para informarnos, sino para revelarnos su carácter, confrontar nuestro pecado, fortalecer nuestra fe y conducirnos a una comunión más profunda con Él.

«La profundidad espiritual no se mide por cuánto de la Biblia hemos recorrido, sino por cuánto de la Biblia ha penetrado en nosotros.»

Cave hasta encontrar el tesoro

Proverbios 2:4-5 nos presenta una imagen extraordinaria: buscar la sabiduría como a la plata y escudriñarla como a tesoros escondidos. Observe el lenguaje. No habla de algo que se encuentra por accidente mientras caminamos distraídos. Habla de una búsqueda intencional, perseverante y apasionada.

Nadie encuentra un tesoro enterrado limitándose a contemplar la tierra. Hay que cavar. Hay que remover obstáculos. Hay que perseverar cuando los primeros golpes de la pala no producen resultados visibles.

De la misma manera, hay verdades bíblicas que requieren que usted se detenga, reflexione, compare pasajes, examine el contexto y ore pidiendo entendimiento.

Cuando lea un pasaje, no se apresure a preguntar solamente: «¿Qué dice aquí?». Pregunte también: «¿Qué me revela acerca de Dios? ¿Qué descubre acerca de mi corazón? ¿Qué promesa debo creer? ¿Qué pecado debo abandonar? ¿Qué debo obedecer?».

Imagine que está leyendo la historia de David y Goliat. Si solamente ve a un joven valiente derrotando a un gigante, se habrá quedado en la superficie de la narración. Pero cuando profundiza, descubre que el centro de la historia no es la grandeza de David, sino la grandeza del Dios en quien David confiaba.

El gigante parecía invencible; el Señor no. El ejército temblaba; la fidelidad de Dios permanecía firme. Los hombres veían una amenaza imposible; la fe contemplaba una oportunidad para que el nombre del Señor fuera glorificado.

¿Comprende la diferencia? Una lectura superficial le enseña a admirar a David. Una lectura más profunda le invita a confiar en el Dios de David.

Y esa diferencia importa, porque usted también tendrá gigantes delante de sí. Habrá problemas que no podrá resolver con sus fuerzas, puertas que no podrá abrir con sus recursos y batallas que no podrá ganar con su sabiduría. En esos momentos, no bastará recordar que David venció a Goliat. Usted necesitará conocer al Dios que permanece soberano cuando sus propias fuerzas se agotan.

«Una lectura superficial le enseña a admirar a David. Una lectura más profunda le invita a confiar en el Dios de David.»

No lea solamente para aprender; lea para ser transformado

Santiago 1:22 nos advierte que seamos hacedores de la Palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos.

¡Qué peligroso es acumular conocimiento bíblico sin experimentar transformación espiritual!

Podemos conocer todos los argumentos acerca del perdón y continuar castigando a alguien en nuestro corazón. Podemos hablar de la humildad mientras exigimos que todos reconozcan nuestros méritos. Podemos enseñar acerca de la oración y vivir dependiendo exclusivamente de nuestra propia capacidad.

La Biblia no fue dada para convertirse en una vitrina donde exhibimos cuánto sabemos, sino en un espejo donde descubrimos cuánto necesitamos la gracia de Dios.

Cuando la Palabra nos muestra un pecado, no debemos apresurarnos a buscar un versículo para corregir a otra persona. Debemos permitir que la luz divina ilumine primero nuestra propia vida.

Cuando leemos: «Perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Efesios 4:32), la pregunta no es únicamente si comprendemos la doctrina del perdón. La pregunta es si estamos dispuestos a perdonar como personas que han sido perdonadas.

Cuando leemos que debemos confiar en el Señor de todo corazón (Proverbios 3:5), no basta con admirar la belleza del proverbio. Debemos preguntarnos si seguimos aferrados a un control que nunca nos perteneció.

La verdadera profundidad bíblica comienza cuando dejamos de utilizar la Escritura para justificar nuestra condición y permitimos que Dios la utilice para transformar nuestro corazón.

Y esa transformación no ocurre porque tengamos una voluntad extraordinaria, sino porque el Espíritu Santo obra en nosotros mediante la verdad de Dios. No estudiamos para ganar el favor divino; nos acercamos a la Palabra porque, por su gracia, hemos sido llamados a conocer al Señor y a crecer en Él.

«La Biblia no fue dada para convertirse en una vitrina donde exhibimos cuánto sabemos, sino en un espejo donde descubrimos cuánto necesitamos la gracia de Dios.»

Busque a Cristo en el corazón de las Escrituras

Aquí llegamos al centro de todo.

Jesús les dijo a quienes escudriñaban las Escrituras que estas daban testimonio de Él (Juan 5:39). Después de su resurrección, explicó a sus discípulos lo que las Escrituras enseñaban acerca de Él, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas (Lucas 24:27).

La Biblia no es una colección de consejos morales desconectados, ni un manual para convertirnos en personas exitosas según los criterios del mundo. Su historia redentora nos conduce a Jesucristo: el Hijo de Dios, el Salvador prometido, el Cordero que quita el pecado del mundo.

Cuando usted profundiza en la Escritura, debe aprender a contemplar la santidad de Dios, la gravedad del pecado, la insuficiencia del esfuerzo humano y la gloria de la gracia revelada en Cristo.

Mire la cruz.

Allí el pecado no fue tratado como un asunto insignificante. Allí la justicia de Dios no fue ignorada. Allí el amor divino se manifestó de una manera que jamás habríamos podido imaginar: Cristo entregándose por pecadores que no podían salvarse a sí mismos.

¡Qué superficial sería leer acerca de la cruz y marcharse creyendo que todo depende de nuestros propios méritos! ¡Qué tragedia sería estudiar la gracia y continuar intentando comprar con nuestras obras lo que Dios concede gratuitamente en Cristo!

Cuanto más conocemos las Escrituras, más debemos maravillarnos de nuestro Salvador. Cuanto más comprendemos la santidad de Dios, más apreciamos la magnitud de su misericordia. Cuanto más reconocemos nuestra debilidad, más precioso se vuelve el poder de su gracia.

La profundidad bíblica no nos hace orgullosos; nos hace humildes. No nos vuelve duros con los demás; nos enseña a extender la misericordia que nosotros mismos necesitamos. No nos conduce a confiar más en nosotros; nos lleva a descansar más plenamente en Cristo.

«Cuanto más conocemos las Escrituras, más debemos maravillarnos de nuestro Salvador.»

Aprenda a detenerse delante de Dios

¿Cómo puede usted cultivar una lectura más profunda de la Biblia en medio de las responsabilidades, las preocupaciones y el ruido cotidiano?

Comience por cambiar su objetivo. No abra la Biblia simplemente para cumplir una tarea religiosa. Acérquese con hambre espiritual, reconociendo que necesita escuchar la verdad de Dios.

Lea un pasaje con atención. Observe quién habla, a quién se dirige, qué está sucediendo y cuál es la idea central. No arranque una frase de su contexto para hacerla decir lo que usted desea escuchar.

Después, deténgase. Medite en lo leído. Considere qué le enseña acerca del carácter de Dios, qué verdad necesita creer y qué respuesta concreta debe producir en su vida.

Ore con sinceridad. Pida al Señor que le dé entendimiento, que exponga sus motivaciones equivocadas y que le conceda obediencia. No se limite a pedir que la Palabra le resulte agradable; pida que produzca en usted el fruto que Dios desea.

Finalmente, obedezca lo que ha comprendido. Una verdad que nunca se convierte en obediencia puede quedarse en conocimiento estéril. Si la Escritura le llama a reconciliarse, busque la reconciliación. Si le ordena abandonar el pecado, no negocie con él. Si le recuerda una promesa de Dios, aprenda a descansar en su fidelidad.

Y recuerde algo importante: no siempre experimentará emociones intensas durante su lectura. Habrá mañanas en las que una verdad resplandecerá con extraordinaria claridad y otras en las que deberá perseverar con humildad. La madurez espiritual no depende de perseguir sensaciones, sino de permanecer en la verdad de Dios, confiando en su fidelidad.

La pregunta que puede cambiar su manera de leer

Permítame hacerle una pregunta que merece algo más que una respuesta apresurada: ¿Está usted leyendo la Biblia para conocer mejor a Dios o solamente para sentir que ha cumplido con su deber espiritual?

Tal vez lleva años leyendo las Escrituras. Quizá conoce historias, memoriza promesas y puede explicar muchas doctrinas. Pero ¿ha permitido que la Palabra penetre en las habitaciones cerradas de su corazón? ¿Ha confrontado sus temores? ¿Ha quebrantado su orgullo? ¿Ha renovado su manera de tratar a su familia? ¿Le ha enseñado a amar a quienes le han herido? ¿Le ha llevado a depender más profundamente de Jesucristo?

No se conforme con caminar por la orilla cuando Dios le invita a profundizar.

Hay riquezas en su Palabra que todavía necesita descubrir. Hay promesas que deben sostenerle en la prueba, mandamientos que deben orientar sus decisiones y verdades acerca de Cristo que pueden fortalecer su corazón cuando todo a su alrededor parece derrumbarse.

Abra hoy la Biblia sin prisa, pero con reverencia. Léala con la mente despierta, con el corazón humilde y con la voluntad dispuesta a obedecer. No busque simplemente una frase bonita para comenzar el día; busque conocer al Señor que le habla por medio de su Palabra.

Porque llegará el momento en que las circunstancias cambiarán, las emociones fluctuarán y las voces de este mundo intentarán confundirle. Entonces comprenderá cuán valioso fue haber echado raíces profundas en la verdad de Dios.

El árbol que extiende sus raíces hacia las profundidades puede permanecer firme cuando soplan los vientos. De igual manera, el creyente que aprende a alimentarse de la Palabra y a permanecer en Cristo encuentra un fundamento que las tormentas no pueden destruir.

No lea la Biblia solamente para llenar su mente de información. Léala para que su corazón sea cautivado por la verdad, su voluntad se rinda a Dios y su vida refleje cada vez más la belleza de Jesucristo.

Vaya más allá de la superficie. Cave profundo. Busque el tesoro. Y cuando lo encuentre, no se limite a admirarlo: permita que la verdad encontrada transforme su manera de vivir.

Porque la mayor bendición de profundizar en las Escrituras no es llegar a considerarnos expertos en la Biblia, sino llegar a conocer más íntimamente al Dios que se revela en ella.

Y cuando usted conoce más profundamente a Cristo, descubre que el mayor tesoro nunca fue simplemente lo que podía aprender de Él, sino el privilegio incomparable de conocerle, confiar en Él y vivir para su gloria.

«No se conforme con caminar por la orilla cuando Dios le invita a profundizar.»

Oración final

Padre celestial, líbreme de una fe superficial y de una lectura apresurada de su Palabra. Déme hambre de su verdad y enséñeme a buscar sus tesoros con perseverancia. Abra mis ojos para comprender las Escrituras, examine mi corazón y muéstreme aquello que debo abandonar, corregir o entregar a sus manos. Que no me conforme con saber lo que dice su Palabra, sino que, por la obra de su Espíritu Santo, aprenda a obedecerla. Sobre todo, permítame ver la gloria de Jesucristo, descansar en su gracia y reflejar su carácter en mi vida. Que su verdad eche raíces profundas en mi corazón y permanezca firme en mí cuando lleguen las tormentas. En el nombre de Jesús. Amén.

Por Luis Fortín

La buena semilla

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